«El Verbo se hizo carne» es una de esas verdades a las que estamos tan acostumbrados que casi ya no nos impresiona por la grandeza del acontecimiento que expresa. Y efectivamente, en este tiempo navideño, durante el cual esta expresión vuelve con frecuencia en la liturgia, a veces prestamos más atención a los aspectos exteriores, a los “colores” de la fiesta, que al corazón de la grandiosa novedad cristiana que celebramos: algo absolutamente impensable, que solo Dios podía realizar, y en lo cual podemos entrar únicamente mediante la fe. El Logos, que está en Dios, el Logos que es Dios, el Creador del mundo (cf. Jn 1, 1), por quien fueron creadas todas las cosas (cf. 1, 3), que acompañó y acompaña a los hombres en la historia con su luz (cf. 1, 4-5; 1, 9), se hace uno entre los demás, pone su morada entre nosotros, se hace uno de nosotros (cf. 1, 14). (…) Entonces, es importante recuperar la reverencia ante este misterio, dejarse envolver por la grandeza de este acontecimiento: Dios, el Dios verdadero, Creador de todo, recorrió como hombre nuestros caminos, entrando en el tiempo del hombre, para comunicarnos su propia vida (cf. 1 Jn 1, 1-4). Y lo hizo no con el esplendor de un soberano que somete al mundo con su poder, sino con la humildad de un niño. (Papa Benedicto XVI, Audiencia General del 9 de enero de 2013).

Fuente: Vatican News