Un texto de san Agustín nos ofrece la clave para interpretar los milagros de Cristo como signos de su poder salvador: “El haberse hecho hombre por nosotros ha beneficiado mucho más nuestra salvación que los milagros que realizó entre nosotros; y es más importante que haber curado las enfermedades del cuerpo destinado a morir.” (San Agustín, In Io. Ev. Tr., 17, 1) Para llevar a cabo esta salvación del alma y la redención de todo el mundo, Jesús también realizó milagros de naturaleza física. (…) A través de los “milagros, prodigios y señales” que obró, Jesucristo manifestó su poder para salvar al ser humano del mal que amenaza al alma inmortal y su vocación de unirse a Dios.

Jesús revela con claridad su misión de liberar a la humanidad del mal y, sobre todo, del pecado, que es el mal espiritual. Es una misión que implica y explica su lucha contra el espíritu del mal, el principal autor del mal en la historia humana. Como leemos en los Evangelios, Jesús declara repetidamente que ese es el sentido de su obra y la de sus apóstoles. (…) Después de elegir a los Doce, Jesús los envía “a predicar y a tener autoridad para expulsar demonios” (Mc 3,14-15). Según san Lucas, los setenta y dos discípulos, al regresar de su primera misión, también le dicen a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre” (Lc 10,17). Entonces Jesús responde: “Vi a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren, les he dado poder para pisotear toda fuerza del enemigo; nada podrá dañarlos” (Lc 10,18-19).

Parte de este poder, y parte de la misión del Salvador del mundo manifestada por “milagros, prodigios y señales”, es también la victoria sobre la muerte, consecuencia dramática del pecado. (…) Sí, todos los “milagros, prodigios y señales” de Cristo sirven para revelarlo como el Mesías, como el Hijo de Dios: como aquel que tiene el poder de liberar al ser humano del pecado y de la muerte. Como aquel que verdaderamente es el Salvador del mundo. (San Juan Pablo II, Audiencia General, 25 de noviembre de 1987).

Fuente: Vatican News