La unión filial de Jesús con el Padre se expresa en el amor, que Él ha constituido además en mandamiento principal del Evangelio: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento» (Mt 22, 37 s.). Como sabéis, a este mandamiento Jesús une un segundo «semejante al primero»: el del amor al prójimo (cf. Mt 22, 39). Y Él se propone como ejemplo de este amor: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). Jesús enseña y entrega a sus seguidores un amor ejemplarizado en el modelo de su amor. A este amor se pueden aplicar ciertamente las cualidades de la caridad, enumeradas por San Pablo: «La caridad es paciente…, benigna…, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe…, no busca su interés…, no toma en cuenta el mal…, se alegra con la verdad… Todo lo excusa…, todo lo soporta» (1 Cor 13, 4-7). Cuando, en su Carta, el Apóstol presentaba a los destinatarios de Corinto esta imagen de la caridad evangélica, su mente y su corazón estaban impregnados por el pensamiento del amor de Cristo, hacia el cual deseaba orientar la vida de las comunidades cristianas, de tal modo que su himno de la caridad puede considerarse un comentario al precepto de amarse según el modelo de Cristo Amor (como dirá, muchos siglos más tarde, Santa Catalina de Siena): «(como) yo os he amado» (Jn 13, 34). (San Juan Pablo II – Audiencia general, 31 agosto 1988).

Fuente: Vatican News