««Todos nosotros, si hoy nos paramos un poco y miramos nuestro corazón, veremos cuántas veces — ¡cuántas veces! — hemos cerrado los oídos y cuántas veces nos hemos convertido en sordos».  «Cuando un pueblo, una comunidad, pero decimos también una comunidad cristiana, una parroquia, una diócesis —explicó el Pontífice— cierra los oídos y se hace sorda a la Palabra del Señor, busca otras voces, otros señores y termina con ídolos, los ídolos que el mundo, la mundanidad, la sociedad les ofrece». Se aleja, de hecho, «del Dios vivo». Es un proceso negativo que conduce del «no escuchar la Palabra de Dios» al alejarse, por tanto, al «corazón endurecido, cerrado en sí mismo», hasta perder «el sentido de la fidelidad». (…) es entonces que «nos convertimos en católicos “infieles”, católicos “paganos” o, más feo todavía, católicos “ateos”, porque no tenemos una referencia de amor al Dios viviente». Ese «no escuchar y dar la espalda» que «nos hace endurecer el corazón», lleva por tanto al hombre «en el camino de la infidelidad». (…) «cada uno de nosotros hoy puede preguntarse: “¿Me detengo para escuchar la Palabra de Dios, tomo la Biblia en las manos, y me está hablando?»; y también: «¿mi corazón se ha endurecido? ¿Me he alejado del Señor? ¿He perdido la fidelidad al Señor y vivo con los ídolos que me ofrece la mundanidad de cada día? ¿He perdido la alegría del estupor del primer encuentro con Jesús?». «Hoy es una jornada para escuchar. “Escuchad, hoy, la voz del Señor”, hemos rezado. “No endurezcáis vuestro corazón”». Y la sugerencia para la oración personal: «Pidamos esta gracia: la gracia de escuchar para que nuestro corazón no se endurezca». (Homilía Santa Marta, 23 de marzo de 2017)»

Fuente: Vatican News