La petición central de la oración sacerdotal de Jesús, dedicada a sus discípulos de todos los tiempos, es la futura unidad de todos los que creen en él. […] La unidad de los cristianos, por un lado, es una realidad secreta que reside en el corazón de los creyentes. Pero, al mismo tiempo, debe manifestarse con total claridad en la historia; debe manifestarse para que el mundo crea; tiene un propósito muy práctico y concreto; debe manifestarse para que todos sean verdaderamente uno. La unidad de los futuros discípulos, al ser unidad con Jesús —a quien el Padre envió al mundo—, es también la fuente original de la eficacia de la misión cristiana en el mundo. Podemos decir que en la oración sacerdotal de Jesús se cumple la institución de la Iglesia… Precisamente aquí, en el acto de la Última Cena, Jesús crea la Iglesia. Pues ¿qué es la Iglesia sino la comunidad de discípulos que, por la fe en Jesucristo, enviado por el Padre, reciben su unidad y participan en la misión de Jesús de salvar al mundo, llevándolo al conocimiento de Dios? Aquí encontramos verdaderamente una verdadera definición de la Iglesia. La Iglesia nace de la oración de Jesús. Y esta oración no son solo palabras: es el gesto en el que Él se consagra, es decir, se sacrifica por la vida del mundo (cf. Jesús de Nazaret, II, 117 ss.).
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