En el pasaje del Evangelio que escuchamos (cf. 20, 1-8), Juan nos describe aquella increíble mañana que cambió para siempre la historia de la humanidad. Imaginemos esa mañana: a la primera luz del amanecer del día después del sábado, cerca del sepulcro de Jesús, todos se ponen a correr. María Magdalena corre a avisar a los discípulos; Pedro y Juan corren hacia el sepulcro… Todos corren, todos sienten la urgencia de moverse: no hay tiempo que perder, hay que apurarse… (…) Los discípulos de Jesús corren porque recibieron la noticia de que el cuerpo de Jesús había desaparecido del sepulcro. Los corazones de María Magdalena, de Simón Pedro y de Juan están llenos de amor y laten descontroladamente después de la separación que parecía definitiva. Tal vez en ellos se haya reavivado la esperanza de volver a ver el rostro del Señor, como aquel primer día en que Él prometió: «¡Vengan y vean!» (Jn 1, 39). El que corre más rápido es Juan, seguramente porque es más joven, pero también porque no dejó de esperar, aun después de haber visto con sus propios ojos a Jesús morir en la cruz; y también porque estuvo cerca de María, y por eso fue “contagiado” por su fe. Cuando sentimos que la fe flaquea o es tibia, vayamos a Ella, a María, y Ella nos enseñará, nos comprenderá, nos hará sentir la fe. (Papa Francisco, Vigilia de Oración con jóvenes italianos, 11 de agosto de 2018).

Fuente: Vatican News