El cristiano es, fundamentalmente, una persona alegre. Por eso, al final del Evangelio, cuando aparece el vino, cuando se habla del vino, pienso en las bodas de Caná. Por eso Jesús hizo ese milagro; por eso Nuestra Señora, al darse cuenta de que ya no había vino, sabía que sin vino no hay fiesta…Imaginemos terminar ese casamiento tomando té o jugo: no va… Es una fiesta, y Nuestra Señora pide el milagro. Así es también la vida cristiana. La vida cristiana tiene esa actitud de alegría, una alegría que nace del corazón. […] La segunda actitud del cristiano es reconocer a Jesús como el Todo, el centro, la plenitud. Pero siempre tendremos la tentación de dejar de lado esa novedad del Evangelio, ese vino nuevo, para volver a actitudes viejas… Ese es el pecado; todos somos pecadores. Tenemos que reconocerlo: «Esto es pecado». No decir: «Esto combina con aquello». ¡No! Los odres viejos no pueden contener el vino nuevo. Esa es la novedad del Evangelio. Jesús es el Esposo, el Esposo que se une en matrimonio con la Iglesia, el Esposo que ama a la Iglesia y entrega su vida por ella. Y Jesús celebra esta fiesta de bodas. Jesús nos pide la alegría de la fiesta, la alegría de ser cristianos. Y también nos pide integridad: que Él lo sea todo para nosotros. Y si hay algo en nuestra vida que no le pertenece, arrepintámonos, pidamos perdón y sigamos adelante. Que el Señor nos conceda a todos la gracia de conservar siempre esta alegría, como quien va camino a un casamiento. Y también la gracia de permanecer siempre fieles, sabiendo que nuestro único Esposo es el Señor. (Papa Francisco, Homilía en la Capilla de la Casa Santa Marta, 6 de septiembre de 2013).

Fuente: Vatican News