«Para Dios nada hay imposible…» (Lc 1, 37). La Iglesia, en la liturgia de hoy, recurre a estas palabras, queriendo honrar el misterio de la Inmaculada Concepción de María. Recurre a las palabras de la Anunciación, a las palabras de Gabriel, cuyo nombre quiere decir: «Mi potencia es Dios». (…) Únicamente con esa omnipotencia que ama, únicamente con la infinita potencia del amor se puede explicar el hecho de que Dios-Verbo, Dios-Hijo se hace hombre. Sólo con la omnipotencia que ama, sólo con la inescrutable potencia del amor de Dios se puede explicar el hecho de que la Virgen —hija de padres humanos y de generaciones humanas— se convierta en la Madre de Dios. Y, sin embargo, este hecho era incomprensible para Ella misma: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1, 34). Pero ¡»para Dios nada hay imposible»! (…) Puesto que la omnipotencia del Eterno Padre y la infinita potencia de amor que actúa con la fuerza del Espíritu Santo hacen que el Hijo de Dios se convierta en hombre en el seno de la Virgen de Nazaret, entonces la misma potencia en previsión de los méritos del Redentor, preserva a su Madre de la herencia del pecado original. (…) ¡»¡Para Dios nada hay, imposible”! (San Juan Pablo II – Homilía de la Santa Misa del 8 de diciembre de 1981).
Fuente: Vatican News
agosto 22, 2026 a las 4:24 am
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agosto 22, 2026 a las 4:30 pm
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