Jesús solía aceptar las invitaciones a la mesa no sólo de los «publicanos», sino también de los «fariseos», que eran sus adversarios más encarnizados. Veámoslo, por ejemplo, en Lucas: «Le invitó un fariseo a comer con él, y entrando en su casa, se puso a la mesa» (Lc 7, 36). (…) Durante esta comida sucede un hecho que arroja todavía nueva luz sobre el comportamiento de Jesús para con la pobre humanidad, formada por tantos y tantos «pecadores», despreciados y condenados por los que se consideran «justos». He aquí que una mujer conocida en la ciudad como pecadora se encontraba entre los presentes y, llorando, besaba los pies de Jesús y los ungía con aceite perfumado. Se entabla entonces un coloquio entre Jesús y el amo de la casa, durante el cual establece Jesús un vínculo esencial entre la remisión de los pecados y el amor que se inspira en la fe: «…le son perdonados sus muchos pecados, porque amó mucho… Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados… Tu fe te ha salvado, ¡vete en paz!» (…) Jesús obraba con el espíritu de un amor grande hacia el hombre, en virtud de la solidaridad profunda, que nutría en Sí mismo, con quien había sido creado por Dios a su imagen y semejanza (cf. Gén 1, 27; 5, 1). ¿En qué consiste esta solidaridad? Es la manifestación del amor que tiene su fuente en Dios mismo. El Hijo de Dios ha venido al mundo para revelar este amor. (Juan Pablo II – Audiencia general, 10 de febrero de 1988).
Fuente: Vatican News
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