Veamos si en nosotros, como en el fariseo, existe «la presunción interior de ser justos» (v. 9) que nos lleva a despreciar a los demás. Ocurre, por ejemplo, cuando buscamos cumplidos y enumeramos siempre nuestros méritos y buenas obras, cuando nos preocupamos por aparentar en lugar de ser, cuando nos dejamos atrapar por el narcisismo y el exhibicionismo. Donde hay demasiado yo, hay poco Dios. En mi tierra, esta gente se llama «yo mí, me, conmigo». Y una vez se hablaba de un sacerdote que era así, centrado en sí mismo, y la gente solía bromear: «Ese, cuando inciensa, lo hace al revés, se inciensa a sí mismo». Y así, también te hace caer en el ridículo. (Ángelus, 23 de octubre de 2022)

Fuente: Vatican News