El amor de Jesús no tiene medida: es amor, y Él elige con este plan de amor. Es una elección libre e incondicional, una iniciativa libre, una amistad divina que no pide nada a cambio. Y así como llamó a esos tres discípulos, hoy llama a algunos para que estén con Él, para que den testimonio. Ser testigos de Jesús es un don que no merecemos: nos sentimos inadecuados, pero no podemos rendirnos con la excusa de nuestra incapacidad. No estábamos en el monte Tabor, no vimos con nuestros ojos el rostro de Jesús brillando como el sol. Sin embargo, también a nosotros hemos recibido la Palabra de salvación, se nos ha dado la fe y hemos experimentado la alegría de encontrar a Jesús de diferentes maneras. Jesús también nos dice: “Levántense y no tengan miedo” (Mt 17,7). En este mundo, marcado por el egoísmo y la avaricia, la luz de Dios se ve oscurecida por las preocupaciones de la vida diaria. A menudo decimos: no tengo tiempo para orar, soy incapaz de realizar un servicio en la parroquia, de responder a las peticiones de los demás… Pero no debemos olvidar que el Bautismo que recibimos nos hizo testigos, no mediante nuestra capacidad, sino mediante el don del Espíritu. (Ángelus del 8 de marzo de 2020).
Fuente: Vatican News
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