En este contexto, “juicio” significa que el Espíritu de la verdad va a mostrar la culpa del “mundo” por haber rechazado a Cristo o, en general, por haberle dado la espalda a Dios. Sin embargo, como Cristo no vino al mundo para juzgarlo ni para condenarlo, sino para salvarlo, en realidad ese “convencer sobre el pecado” que hace el Espíritu de la verdad hay que entenderlo como una intervención que busca salvar al mundo, hacerle bien a la humanidad. El “juicio” se refiere sobre todo al “príncipe de este mundo”, es decir, a Satanás. Desde el principio, él trata de dar vuelta la obra de la creación en contra de la alianza y la unión entre Dios y el ser humano: se opone de forma consciente al plan de salvación. Por eso, “ya está juzgado” desde el inicio, como expliqué en la encíclica Dominum et Vivificantem (n. 27). Si el Espíritu Santo, el Paráclito, tiene que convencer al mundo precisamente de este “juicio”, sin duda lo hace para continuar la obra de Cristo, que busca salvar al mundo (cf. Dominum et Vivificantem, 27). Podemos decir entonces que, al dar testimonio de Cristo, el Paráclito es un aliado constante (aunque invisible), abogado y defensor de la obra de la salvación —y de todos los que se la juegan por esa obra—. Y también es quien garantiza la victoria final sobre el pecado y sobre el mundo marcado por el pecado, para liberarlo del mal e introducirlo en el camino de la salvación. (San Juan Pablo II, Audiencia General del 24 de mayo de 1989).

Fuente: Vatican News