Jesús, (…) al participar de un almuerzo en casa de uno de los jefes de los fariseos, aprovecha la ocasión para enseñar a ser humildes. Nos dice que elijamos el último lugar, que nos contentemos con lo poco, que no busquemos la ostentación del parecer, sino la realidad del ser. Ante Dios no somos nada; y también ante los hombres somos muy poco, o mejor dicho, nos volvemos ridículos, incluso miserables, si adoptamos posturas y actitudes de autosuficiencia, de vanagloria. Sin embargo, Jesús no quiere solamente darnos consejos de buena educación o de comportamiento prudente; quiere, sobre todo, orientar la mente y ofrecernos ideas grandes y luminosas para nuestra vida. De hecho, añade: «Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Lc 14, 11). Esto, a veces, ya puede suceder aquí en la tierra, en nuestra vida, pero es secundario. Lo esencial es que el humilde será exaltado en el cielo por el mismo Dios. «¿Quieres ser grande?», preguntaba san Agustín; y respondía: «Comienza por las cosas más pequeñas. ¿Quieres levantar un edificio de gran altura? Piensa primero en el fundamento de la pequeñez» (S. Augustini Sermo 69, 1,2). Si queremos realmente construir el edificio de nuestra santificación, es necesario fundarlo en la humildad. (San Juan Pablo II, Homilía con ocasión de la Visita Pastoral a Anagni, 31 de agosto de 1986).

Fuente: Vatican News