Este modo de vivir, “aferrados a la ley, los alejaba del amor y de la justicia: estaban atentos a la ley, pero se olvidaban de la justicia; estaban atentos a la ley, pero pasaban por alto el amor”. El Señor se encontró con hombres “cerrados, demasiado apegados a la ley”, o mejor dicho, “a la letra de la ley”, porque “la ley es amor”. Estos hombres “siempre cerraban las puertas de la esperanza, del amor, de la salvación”. (…) Este es precisamente “el camino que Jesús nos enseña, el opuesto al de los doctores de la ley”. Y “ese camino, que va del amor a la justicia, conduce a Dios”. Solo “el camino que parte del amor hacia el conocimiento y el discernimiento, hasta su pleno cumplimiento, conduce a la santidad, a la salvación, al encuentro con Jesús”. “El otro camino”, en cambio, “el de aferrarse únicamente a la ley, a la letra de la ley, lleva al cierre, al egoísmo”. Y conduce “a la soberbia de considerarnos justos”, a esa supuesta “santidad de las apariencias”. Por eso “Jesús les dice a estas personas: les gusta que los vean como hombres de oración, de ayuno”. Pero eso es solo apariencia. Y “por eso Jesús dijo al pueblo: hagan lo que ellos dicen, pero no lo que ellos hacen”, porque “eso no debe imitarse”. (…) Jesús se acerca: la cercanía es la prueba misma de que estamos en el camino verdadero. Porque ese es “el camino que Dios eligió para salvarnos: la cercanía. Se acercó a nosotros, se hizo hombre”. Y, en efecto, “la carne de Dios es el signo; la carne de Dios es el signo de la verdadera justicia: Dios que se hizo hombre como uno de nosotros, y nosotros que debemos hacernos como los demás, como los necesitados, como aquellos que precisan de nuestra ayuda”. (Papa Francisco, Santa Marta, 31 de octubre de 2014).

Fuente: Vatican News