El Evangelio nos habla de Juan Bautista (…) y lo describe como «la voz de uno que grita en el desierto» (v. 3). El desierto, lugar vacío, donde no hay comunicación, y la voz, medio para hablar, parecen dos imágenes contradictorias, pero en el Bautista se conjugan. El desierto. Juan predica allí, junto al río Jordán, cerca del lugar donde su pueblo, muchos siglos antes, había entrado en la tierra prometida (cf. Jos 3, 1-17). Al hacerlo, es como si dijera: para escuchar a Dios, es necesario volver al lugar donde, durante cuarenta años, Él acompañó, protegió y educó a su pueblo, en el desierto. Es el lugar del silencio y de lo esencial, donde no podemos darnos el lujo de detenernos en cosas inútiles, sino que debemos concentrarnos en lo indispensable para vivir. Y este es un llamado de atención siempre actual: para avanzar en el camino de la vida es necesario despojarse de ese “de más”, porque vivir bien no significa llenarse de cosas inútiles, sino liberarse de lo superfluo, para ir al fondo de uno mismo y captar lo que es verdaderamente importante delante de Dios. Solo si, a través del silencio y de la oración, le damos espacio a Jesús, que es la Palabra del Padre, podremos liberarnos de la contaminación de las palabras vacías y de la charlatanería. El silencio y la sobriedad —en las palabras, en el uso de las cosas, de los medios de comunicación y de las redes sociales— no son solo “sacrificios” o virtudes: son elementos esenciales de la vida cristiana. (Papa Francisco, Ángelus del 10 de diciembre de 2023).

Fuente: Vatican News