En el sepulcro, Jesús, Palabra viva del Padre, calla. Pero es justamente en ese silencio donde la vida nueva empieza a gestarse. Como una semilla en la tierra, como la oscuridad antes del amanecer. Dios no le tiene miedo al paso del tiempo, porque también es Señor de la espera.

Del mismo modo, nuestro tiempo “inútil”, el de las pausas, los vacíos, los momentos estériles, puede volverse un vientre de resurrección. Cada silencio acogido puede ser el comienzo de una Palabra nueva. Cada tiempo suspendido puede convertirse en tiempo de gracia, si se lo ofrecemos a Dios.

Sepultado en la tierra, Jesús es el rostro manso de un Dios que no ocupa todo el espacio. Es el Dios que deja hacer, que espera, que se retira para dejarnos libertad. Es el Dios que confía, incluso cuando todo parece terminado. Y nosotros, en ese sábado suspendido, aprendemos que no hay que apurarse por resucitar: primero hay que quedarse, aceptar el silencio, dejarnos abrazar por el límite.

A veces buscamos respuestas rápidas, soluciones inmediatas. Pero Dios actúa en lo profundo, en el tiempo lento de la confianza. Así, el sábado del sepulcro se vuelve el vientre del que puede brotar la fuerza de una luz invencible: la de la Pascua. (Papa León XIV, Audiencia General del 17 de septiembre de 2025).

Fuente: Vatican News