«Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo mi dedo en la marca de los clavos y mi mano en su costado, no creeré» (Jn 20, 25). En el fondo, de estas palabras surge la convicción de que Jesús ya no es reconocible tanto por su rostro como por sus llagas. Tomás considera que los signos que ahora identifican a Jesús son, sobre todo, sus llagas, en las que se revela hasta qué punto nos amó. En esto, el Apóstol no se equivoca. (…) Ocho días después, Jesús se presenta en medio de sus discípulos y, esta vez, Tomás está presente. Entonces Jesús le dice: «Traé tu dedo aquí y mirá mis manos; extendé tu mano y ponela en mi costado. No seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20, 27). Tomás responde con la profesión de fe más hermosa de todo el Nuevo Testamento: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28). Sobre este pasaje, san Agustín comenta: «Tomás veía y tocaba al hombre, pero confesaba su fe en el Dios que no veía ni tocaba. Sin embargo, aquello que veía y tocaba lo llevó a creer en aquello de lo que, hasta ese momento, había dudado» (In Iohann. 121, 5). El evangelista continúa con unas últimas palabras de Jesús dirigidas a Tomás: «Porque me viste, creíste. Felices los que creen sin haber visto» (cf. Jn 20, 29). Esta frase también puede expresarse en presente: «Bienaventurados los que creen sin haber visto». Con estas palabras, Jesús enuncia un principio fundamental para los cristianos que vendrían después de Tomás; es decir, para todos nosotros. (Papa Benedicto XVI, Audiencia del 27 de septiembre de 2006).
Fuente: Vatican News
julio 3, 2026 a las 12:42 pm
Amén Jesús en ti confio 🙏🏻🙇🏻♀️🙏🏻🌹🕊️
julio 3, 2026 a las 5:45 pm
Gloria a ti mi señor Jesús 🧎🕊️🌹💥🙏✋✋✋✋✋♥️