«El problema —empecemos por el hijo mayor—, el problema es que estaba en casa, pero nunca se dio cuenta de lo que significaba vivir en casa: cumplía con sus deberes, hacía su trabajo, pero no entendía lo que era una relación de amor con el padre. Este hijo «se indignó y no quiso entrar» (v.28). “¿No es esta acaso mi casa?” — había pensado. Lo mismo que los doctores de la ley. “No hay orden. Vino este pecador y le hicieron una fiesta, ¿y yo qué?”. El padre dice la palabra clara: «Hijo, tú siempre estás conmigo y todas mis cosas son tuyas» (v. 31). Y de esto, el hijo no se había dado cuenta, vivía en casa como en un hotel, sin sentir esa paternidad… ¡Muchos “huéspedes” en la casa de la Iglesia que se creen los amos! Es interesante: el padre no dice una palabra al hijo que vuelve del pecado, solo lo besa, lo abraza y le hace una fiesta (cf. v. 20); a este [al mayor] en cambio tiene que explicárselo, para entrar en su corazón: su corazón estaba “blindado” por sus concepciones de la paternidad, de la filiación, del modo de vivir. (Homilía Santa Marta, 14 de marzo de 2020)»

Fuente: Vatican News