El Evangelio (…) (Lc 12, 32-48) nos habla del deseo del encuentro definitivo con Cristo, un deseo que nos lleva a estar siempre preparados, con el espíritu vigilante, porque esperamos este encuentro con todo el corazón, con todo nuestro ser. Se trata de un aspecto fundamental de la vida. Es un deseo que todos nosotros, explícita o implícitamente, tenemos en el corazón; todos nosotros tenemos este deseo en el corazón. También esta enseñanza de Jesús es importante verla en el contexto concreto, existencial en el que Él la transmitió. En este caso, el evangelista Lucas nos muestra a Jesús caminando con sus discípulos rumbo a Jerusalén, rumbo a la Pascua de muerte y resurrección, y es en este camino donde los educa, revelándoles lo que Él mismo tiene en el corazón, las actitudes profundas de su alma. Entre estas actitudes se encuentran el discurso sobre los bienes terrenos, la confianza en la providencia del Padre y, en particular, la vigilancia interior, la espera concreta del Reino de Dios. Para Jesús, es la espera del regreso a la casa del Padre. Para nosotros, es la espera del mismo Cristo, que vendrá a buscarnos para llevarnos a la fiesta sin fin, como ya hizo con su Madre, la Santísima María: la llevó al Cielo junto con Él. (Ángelus del 11 de agosto de 2013).
Fuente: Vatican News
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