El Evangelio (…) (cf. Lc 12, 49-53) forma parte de las enseñanzas de Jesús, dirigidas a los discípulos a lo largo de su subida hacia Jerusalén, donde lo espera la muerte en la cruz. (…) El fuego del que habla Jesús es la llama del Espíritu Santo, presencia viva y concreta en nosotros desde el día de nuestro Bautismo. Él —el fuego— es una fuerza creadora que purifica y renueva, que quema toda la miseria humana, todo el egoísmo y todo el pecado, nos transforma desde dentro, nos regenera y nos hace capaces de amar. Jesús desea que el Espíritu Santo se propague como fuego en nuestro corazón, porque solo comenzando desde el corazón el incendio del amor divino podrá difundirse y hacer avanzar el Reino de Dios. No empieza en la cabeza, sino en el corazón. Y por eso, Jesús quiere que el fuego entre en nuestro corazón. Si nos abrimos completamente a la acción de este fuego, que es el Espíritu Santo, Él nos infundirá la audacia y el fervor para anunciar a todos a Jesús y su consolador mensaje de misericordia y de salvación, navegando en aguas profundas, sin temor.
En el cumplimiento de su misión en el mundo, la Iglesia —es decir, todos nosotros que somos la Iglesia— necesita la ayuda del Espíritu Santo para no detenerse por el miedo ni por el cálculo, para no acostumbrarse a caminar dentro de límites seguros. Estas dos actitudes llevan a la Iglesia a ser una Iglesia funcional, que nunca corre riesgos. Al contrario, la intrepidez apostólica que el Espíritu Santo enciende en nosotros como un fuego nos ayuda a superar los muros y las barreras, nos hace creativos y nos impulsa a ponernos en movimiento para recorrer incluso caminos inexplorados o desalentadores, ofreciendo esperanza a quienes encontramos. (Ángelus del 14 de agosto de 2016).
Fuente: Vatican News
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