Los evangelistas Mateo y Lucas (cf. Mt 11, 25-30; y Lc 10, 21-22) nos dejaron como herencia una «joya» de la oración de Jesús, que muchas veces es llamada Himno de júbilo, o Himno de júbilo mesiánico. Se trata de una oración de reconocimiento y de alabanza, como acabamos de escuchar. (…) Jesús se dirige a Dios llamándolo «Padre». Este término expresa la conciencia y la certeza de Jesús de que es «el Hijo» y de que está en comunión íntima y constante con Él. Este es el punto central y la fuente de cada oración de Jesús. Lo vemos claramente en la última parte del Himno, que ilumina todo el texto. Jesús dice: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo» (Lc 10, 22). (…) Ahora preguntémonos: ¿a quién desea el Hijo revelar los misterios de Dios? Al comienzo del Himno, Jesús manifiesta su alegría porque la voluntad del Padre consiste en mantener estas cosas ocultas a los sabios y entendidos, y en revelárselas a los pequeños (cf. Lc 10, 21). (…) La revelación divina no se realiza de acuerdo con la lógica terrenal, según la cual son los hombres cultos y poderosos quienes poseen los conocimientos importantes y luego los transmiten a las personas más sencillas, a los pequeños. Dios eligió otro camino: los destinatarios de su comunicación fueron precisamente los «pequeños». Esta es la voluntad del Padre, y el Hijo la comparte con alegría. (Papa Benedicto XVI, Audiencia General del 7 de diciembre de 2011).

Fuente: Vatican News