Madre mía, cuando el ángel te visitó, también te turbaste, y él te dijo: «No temas, María». Tú creíste y te abandonaste en las manos de Dios. Hoy yo también tengo miedos que ni sé explicar. Tómame de la mano como una madre toma a su hijo y repíteme al oído que Dios está conmigo. Aunque me tiemble la voz, ayúdame a confiar como tú confiaste. Amén.