La última conversación de los discípulos con su Maestro está llena de contenido profundo; En él convergen los elementos más profundos de la Buena Nueva y están de algún modo contenidos en ella. Durante su misión terrena, Jesús había hablado continuamente del Padre, había vivido siempre unido a Él, se había referido a Él en todo. Él, que es totalmente de Él y para Él, había mandado a sus discípulos que le oraran llamándole: “Padre nuestro”. En la Última Cena, respondiendo a la pregunta de Felipe, dice: «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que está en mí hace las obras… creedme por las mismas obras» (Jn 14,10-11). (…) Dios, infinito y misterioso, en su Hijo unigénito se acercó al hombre de modo inefable: en Él, Verbo hecho carne, Dios se hizo hombre. Por eso el hombre ahora puede ver a Dios: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). Pero Dios hizo aún más: Cristo, el Hijo de Dios, vino entre los hombres como Camino hacia el Padre. (San Juan Pablo II – Homilía en el Valle de los Templos, Agrigento, 9 de mayo de 1993).

Fuente: Vatican News