Estos doctores de la ley no entendían los signos de los tiempos y pedían una señal extraordinaria (Jesús la dio más tarde). ¿Por qué no entendían? Ante todo, porque estaban cerrados. Cerrados en su propio sistema, habían elaborado muy bien la ley, una obra maestra. (…) Todo estaba organizado. (…) No entendían que Dios es el Dios de las sorpresas, que Dios es siempre nuevo (…) y no entendían, se cerraban en ese sistema hecho con tanta buena voluntad y le preguntaban a Jesús: “Pero, ¡hacé una señal!”. Y no entendían los tantos signos que Jesús hacía y que indicaban que el tiempo había llegado. ¡Cerrados! En segundo lugar, se habían olvidado de que eran un pueblo en camino. ¡En camino! Y cuando uno se pone en camino, cuando alguien está en camino, siempre encuentra cosas nuevas, algo que no conoce. (…) Y esto tiene que hacernos pensar: ¿estoy apegado a mis cosas, a mis ideas, cerrado? ¿O estoy abierto al Dios de las sorpresas? ¿Soy una persona rígida o una persona que camina? ¿Creo en Jesucristo —en Jesús, en lo que Él hizo: murió, resucitó y fin de la historia— o creo que el camino sigue adelante hacia la madurez, hacia la manifestación de la gloria del Señor? ¿Soy capaz de comprender los signos de los tiempos y ser fiel a la voz del Señor que se manifiesta en ellos? Hoy podemos hacernos estas preguntas y pedirle al Señor un corazón que ame la ley, porque la ley es de Dios; que ame también las sorpresas de Dios y que sepa que esta ley santa no es un fin en sí misma. (Papa Francisco, Homilía en la Capilla de la Casa Santa Marta, 13 de octubre de 2014).

Fuente: Vatican News