Después de habernos devuelto al abrazo de Dios y al redil de la Iglesia, Jesús es la puerta que nos hace salir al mundo: Él nos impulsa a ir al encuentro de los demás. Y —grabémoslo bien en la memoria— todos nosotros, sin excepción, estamos llamados a esto: salir de nuestras comodidades y tener el coraje de llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (cf. Papa Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20).

Hermanos y hermanas, para cada uno de nosotros, vivir “en salida” significa volverse, como Jesús, una puerta abierta. Es triste y duele ver puertas cerradas: las puertas cerradas de nuestro egoísmo frente a quienes caminan todos los días a nuestro lado; las puertas cerradas de nuestro individualismo en una sociedad que corre el riesgo de atrofiarse en la soledad; las puertas cerradas de nuestra indiferencia frente a quienes están en el sufrimiento y la pobreza; las puertas cerradas a quien es extranjero, diferente, migrante, pobre. Y también las puertas cerradas de nuestras comunidades eclesiales: cerradas entre nosotros, cerradas al mundo, cerradas para quienes “no están dentro de las normas”, cerradas para quienes anhelan el perdón de Dios. Hermanos y hermanas, por favor, por favor: abramos las puertas. Tratemos de ser también nosotros —con las palabras, los gestos y las actividades cotidianas— como Jesús: una puerta abierta, una puerta que nunca se cierra en la cara de nadie, una puerta que le permite a todos entrar para experimentar la belleza del amor y del perdón del Señor. (Papa Francisco, Homilía en la Plaza Kossuth, Budapest, 30 de abril de 2023).

Fuente: Vatican News