Señor Jesús, como aquel centurión que confió en ti, hoy te digo: no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Tú conoces este cuerpo cansado y cada dolor que llevo por dentro. No te pido entender por qué, solo te pido que no me dejes solo en este camino. Pon tu mano sobre mí y devuélveme la fuerza. Virgen María, Madre de misericordia, ruega por mí. Amén.