El Evangelio […] presenta dos prodigios realizados por Jesús, describiéndolos casi como una especie de marcha triunfal hacia la vida. […] Se trata de dos narraciones interconectadas, con un único centro: la fe; y muestran a Jesús como fuente de vida, como Aquel que restituye la vida a quienes confían plenamente en Él. Los dos protagonistas, es decir, el padre de la niña y la mujer enferma, no son discípulos de Jesús, y sin embargo son atendidos debido a su fe. Tienen fe en ese hombre. De esto comprendemos que en el camino del Señor todos son admitidos: nadie debe sentirse un intruso, un ilegal o alguien sin derechos. Para tener acceso a su corazón, al Corazón de Jesús, solo existe una condición: sentirse necesitado de cura y confiar en Él. […] Jesús sale a descubrir a estas personas en medio de la multitud, y las saca del anonimato, las libera del miedo a vivir y a atreverse. Lo hace con una mirada y con una palabra que los encamina de nuevo, después de tantos sufrimientos y humillaciones. También nosotros estamos llamados a aprender y a imitar estas palabras que liberan y estas miradas que restituyen, a quienes la han perdido, la voluntad de vivir. En esta página evangélica se entrelazan los temas de la fe y de la vida nueva que Jesús vino a ofrecer a todos. […] Jesús es el Señor, y ante Él la muerte física es como un sueño: no hay motivo para desesperar. La muerte que debemos temer es otra: ¡la del corazón endurecido por el mal! ¡De esa sí debemos tener miedo! […] Pero para Jesús hasta el pecado, hasta el corazón momificado nunca es la última palabra, porque Él nos ha traído la misericordia infinita del Padre. (Ángelus del 1° de julio de 2018).
Fuente: Vatican News
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