«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rogad, por tanto, al dueño de la mies para que envíe trabajadores a su mies». Esta petición de Jesús siempre es válida. Debemos rezar incesantemente al «dueño de la mies», es decir, a Dios Padre, para que envíe operarios a trabajar en su campo, que es el mundo. Y cada uno de nosotros debe hacerlo con el corazón abierto, con una actitud misionera; nuestra oración no debe limitarse solo a nuestras carencias, a nuestras necesidades: una oración es verdaderamente cristiana si también tiene una dimensión universal. […] Si se vive en estos términos, la misión de la Iglesia estará caracterizada por la alegría. […] No se trata de una alegría efímera, que brota del éxito de la misión; por el contrario, es una alegría arraigada en la promesa de que — dice Jesús — «sus nombres están escritos en el Cielo» (v. 20). Con esta expresión, Él quiere decir la alegría interior, la alegría indestructible que nace de la conciencia de ser llamado por Dios a seguir a su Hijo. Es decir, la alegría de ser sus discípulos. […] Es la alegría de este don lo que hace de cada discípulo un misionero, alguien que camina en compañía del Señor Jesús, que aprende de Él a dedicarse sin reservas a los demás, libre de sí mismo y de sus propios bienes. (Ángelus del 7 de julio de 2019)

Fuente: Vatican News