La búsqueda del rostro de Dios está motivada por un anhelo de encuentro con el Señor, un encuentro personal, un encuentro con su amor inmenso, con su poder que salva. Los doce Apóstoles, de los cuales nos habla el Evangelio de hoy (cf. Mt 10, 1-7), tuvieron la gracia de encontrarlo físicamente en Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado. Él los llamó por su nombre, uno por uno — lo escuchamos — mirándolos a los ojos; y ellos miraron su rostro, escucharon su voz, vieron sus prodigios. El encuentro personal con el Señor, tiempo de gracia y de salvación, conlleva la misión: «Por donde vayan — Jesús los exhorta — anuncien que el Reino de los Cielos está cerca» (v. 7). Encuentro y misión no se separan. Este encuentro personal con Jesucristo también es posible para nosotros, que somos los discípulos del tercer milenio. Orientados en la búsqueda del rostro del Señor, podemos reconocerlo en el semblante de los pobres, los enfermos, los abandonados y los extranjeros que Dios ponga en nuestro camino. (Homilía en el Aniversario de la Visita a Lampedusa (Capilla Santa Marta, 8 de julio de 2020).

Fuente: Vatican News