Dios no tiene dificultad en hacerse entender por los niños, y los niños no tienen problemas en comprender a Dios. No es casualidad que en el Evangelio Jesús pronuncie palabras muy lindas y fuertes sobre los «pequeñitos». Este término, «pequeñitos», indica a todas las personas que dependen de la ayuda de los demás y, de manera especial, a los niños. Por ejemplo, Jesús dice: […] «Cuídense de menospreciar a uno solo de estos pequeñitos, porque les digo que sus ángeles en el cielo contemplan sin cesar la cara de mi Padre que está en los cielos» (Mt 18, 10). Así, los niños son en sí una riqueza para la humanidad y también para la Iglesia, porque nos llaman constantemente a la condición necesaria para entrar en el Reino de Dios: la de no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, de amor, de perdón. ¡Y todos nosotros necesitamos ayuda, amor y perdón! […] Pero hay muchos dones y riquezas que los niños ofrecen a la humanidad. Solo recuerdo algunos de ellos. Nos dan su forma de ver la realidad, con una mirada confiada y pura. El niño tiene una confianza espontánea en su papá y en su mamá; una confianza espontánea en Dios, en Jesús, en Nuestra Señora. Al mismo tiempo, su mirada interior es pura, aún no contaminada por la malicia, por las ambigüedades, por las «incrustaciones» de la vida que endurecen el corazón. Sabemos que incluso los niños tienen en sí el pecado original, con sus egoísmos, pero conservan una pureza y una simplicidad interior. […] Por todos estos motivos, Jesús invita a sus discípulos a «hacerse como los niños», porque «a quienes son como ellos les pertenece el Reino de Dios». (Audiencia General del 18 de marzo de 2015).
Fuente: Vatican News
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