Jesús era así: primero las personas, servir al pueblo, ayudar al pueblo, enseñar al pueblo, sanar a las personas. Era para las personas. No tenía tiempo ni siquiera para comer. Sus familiares […] llegan al lugar donde Jesús está predicando y mandan llamarlo. Le dijeron: «Ahí afuera están Tu madre y Tus hermanos que te buscan». Él respondió: «¿Quiénes son Mi madre y Mis hermanos?», y mirando a las personas que estaban a su alrededor escuchándolo, agregó: «Ahí están Mi madre y Mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es Mi hermano, Mi hermana y Mi madre». Jesús formó una nueva familia, ya no basada en los vínculos de sangre, sino en la fe en Él, en su amor que nos acoge y nos une, en el Espíritu Santo. Todos aquellos que acogen la palabra de Jesús son hijos de Dios y hermanos entre sí. Acoger la palabra de Jesús nos convierte en hermanos unos de otros, nos hace parte de la familia de Jesús. […] Esa respuesta de Jesús no es una falta de respeto hacia su madre y sus familiares. De hecho, para María es el mayor reconocimiento, ya que precisamente ella es la discípula perfecta que obedeció en todo a la voluntad de Dios. Que la Virgen Madre nos ayude a vivir siempre en comunión con Jesús, reconociendo la obra del Espíritu Santo que actúa en Él y en la Iglesia, regenerando al mundo para una vida nueva. (Ángelus del 10 de junio de 2018).
Fuente: Vatican News
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