La voluntad del Señor es la compasión: “Misericordia quiero y no sacrificio”. Y un corazón sin compasión es un corazón idólatra, un corazón autosuficiente, que sigue adelante sostenido por su propio egoísmo, fortalecido solo por ideologías. […] Cuando el corazón se endurece, olvida. Olvida la gracia de la salvación, olvida la gratuidad. Un corazón duro lleva a peleas, a guerras, al egoísmo, a la destrucción del hermano, porque no hay compasión. El mayor mensaje de salvación es que Dios tuvo compasión de nosotros. Esa frase repetida en el Evangelio, cuando Jesús ve a una persona, una situación de dolor: “Tuvo compasión de ella”. […]
Cada uno de nosotros tiene algo endurecido en el corazón. Recordemos esto, para que sea el Señor quien nos dé un corazón justo y sincero, donde Él pueda habitar. En los corazones duros, el Señor no puede entrar. En los corazones ideologizados, el Señor no puede entrar. El Señor solo entra en corazones que se parecen al suyo: corazones compasivos, corazones que sienten con el otro, corazones abiertos. Que el Señor nos conceda esa gracia. (Homilía en la Capilla de la Casa Santa Marta, 18 de febrero de 2020)
Fuente: Vatican News
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