El Evangelio de la liturgia de hoy nos presenta una parábola con dos protagonistas: un fariseo y un publicano (cf. Lc 18,9-14), es decir, un hombre religioso y un pecador reconocido. Ambos suben al templo para rezar, pero solo el publicano se eleva verdaderamente hacia Dios, porque desciende con humildad a la verdad de sí mismo y se presenta tal cual es, sin máscaras, con su pobreza. (…) En efecto, en la humildad nos hacemos capaces de llevarle a Dios, sin fingir, lo que realmente somos: nuestras limitaciones y heridas, los pecados, las miserias que pesan sobre nuestro corazón, e invocar su misericordia para que nos cure, nos sane, nos levante. Es Él quien nos eleva, no nosotros. Cuanto más bajamos con humildad, más nos eleva Dios. (…) Hermanos, hermanas, el fariseo y el publicano nos interpelan directamente. Pensando en ellos, miremos dentro de nosotros: veamos si en nosotros, como en el fariseo, existe “la íntima presunción de ser justos” (v. 9), que nos lleva a despreciar a los demás. (…) Donde hay mucho “yo”, hay poco Dios. (…) Pidamos la intercesión de la Santísima Virgen María, la humilde sierva del Señor, imagen viva de lo que a Dios le gusta realizar: derribar a los poderosos de su trono y elevar a los humildes (cf. Lc 1,52). (Papa Francisco, Ángelus, domingo 23 de octubre de 2022).

Fuente: Vatican News