«Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Juan 3, 17). Ante la luz de este Juez de misericordia, nuestras rodillas se doblan en adoración y nuestras manos y nuestros pies se fortalecen. Podemos hablar de humanismo solamente a partir de la centralidad de Jesús, descubriendo en Él los rasgos del auténtico rostro del hombre. Es la contemplación del rostro de Jesús muerto y resucitado la que recompone nuestra humanidad, también la que está fragmentada por las fatigas de la vida, o marcada por el pecado.
(Reunión con representantes del 5º Congreso Nacional de la Iglesia Italiana, Catedral de Santa María de la Flor, Florencia, 10 de noviembre de 2015). Fuente: Vatican News
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