La conclusión de la parábola es una advertencia que revela el horizonte al que todos estamos llamados a mirar. Los bienes materiales son necesarios —¡son bienes!— pero son un medio para vivir honestamente y compartir con los más necesitados. Hoy Jesús nos invita a considerar que las riquezas pueden aprisionar el corazón y desviarlo del verdadero tesoro que está en el cielo. Esto, se entiende, no significa alejarse de la realidad, sino buscar lo que tiene verdadero valor: justicia, solidaridad, acogida, fraternidad, paz, todo lo que constituye la verdadera dignidad del ser humano. Se trata de orientarse hacia una existencia vivida no en el estilo mundano, sino según el estilo evangélico: amar a Dios con todo nuestro ser y amar al prójimo como Jesús lo amó, es decir, en el servicio y en el don de uno mismo. El amor comprendido y vivido de esta manera es fuente de verdadera felicidad, mientras que la búsqueda sin límites de los bienes materiales y las riquezas muchas veces es fuente de inquietud, adversidad, prevaricación y guerra. Muchas guerras comienzan por causa de la avaricia. Que la Virgen María nos ayude a no dejarnos fascinar por las seguridades pasajeras, sino a ser todos los días testigos creíbles de los valores eternos del Evangelio. (Angelus del 4 de agosto de 2019).
Fuente: Vatican News
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