No todas las oraciones son iguales, ni todas son convenientes: la misma Biblia atestigua los malos resultados de muchas oraciones que son rechazadas. Tal vez, a veces, Dios no esté satisfecho con nuestras oraciones, y nosotros ni siquiera nos damos cuenta. Dios mira las manos de quienes rezan: para purificarlas no hace falta lavarlas; más bien, es necesario abstenerse de acciones malignas. San Francisco rezaba: «Nullu homo ène dignu te mentovare», es decir, “ningún hombre es digno de nombrarte” (Cántico del Hermano Sol). Pero tal vez el reconocimiento más conmovedor de la pobreza de nuestra oración vino de los labios del centurión romano que un día imploró a Jesús que curara a su siervo enfermo (cf. Mt 8, 5-13). Se sentía completamente inadecuado: no era judío, era un oficial del odiado ejército de ocupación. Pero la preocupación por su siervo lo llevó a atreverse y dijo: «Señor… no soy digno de que entres bajo mi techo, pero di una sola palabra y mi siervo quedará sano» (v. 8). Es la frase que también repetimos en todas las liturgias eucarísticas. Dialogar con Dios es una gracia: no somos dignos de ella, no tenemos derecho a reivindicarla, “cojeamos” con cada palabra y pensamiento… Pero Jesús es la puerta que nos abre este diálogo con Dios. (Audiencia General del 3 de marzo de 2021).

Fuente: Vatican News