En la oración del cenáculo, Jesús reza por sus discípulos: “Santificalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como vos me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo. Y por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad” (Jn 17, 17-19). Después, Jesús extiende esa misma oración a las futuras generaciones de sus discípulos.

Por sobre todo, Jesús reza por la unidad, para que “el mundo reconozca que vos me enviaste y que los amaste como me amaste a mí” (Jn 17, 23). Cerca del final de su plegaria, retoma los temas principales que ya había mencionado, subrayando aún más su importancia. En ese marco, pide por todos los que el Padre le confió: “Padre, quiero que los que vos me diste estén conmigo donde yo estoy, y contemplen mi gloria, la que me diste porque me amaste desde antes de la creación del mundo” (Jn 17, 24).

La “oración sacerdotal” de Jesús es, en realidad, una síntesis de cómo Dios se revela a través del Hijo, y está en el corazón de los Evangelios. El Hijo le habla al Padre desde esa unidad que tiene con Él: “Padre, vos estás en mí y yo en vos” (Jn 17, 21). Y al mismo tiempo, reza para que los frutos de su misión salvadora —para la cual vino al mundo— lleguen a toda la humanidad. Así, revela el “misterio de la Iglesia”, que nace de su obra de salvación, y reza por su futuro crecimiento en el mundo. Abre también la mirada hacia la gloria a la que todos están llamados, junto a Él, los que acogen su palabra. (Juan Pablo II, Audiencia General del 22 de julio de 1987).

Fuente: Vatican News