El evangelista Lucas nos presenta a Jesús que, en su camino hacia Jerusalén, se encuentra con algunos hombres —probablemente jóvenes— que le prometen seguirlo adonde sea que Él vaya. Jesús se muestra muy exigente con ellos, advirtiéndoles que «el Hijo del hombre —es decir, Él mismo, el Mesías— no tiene dónde recostar la cabeza», o sea, no tiene un lugar estable donde vivir, y que quien decide trabajar con Él en la viña del Señor no puede echarse atrás (cf. Lc 9, 57-58.61-62). A otro joven, el mismo Cristo le dice: «Seguime», pidiéndole un desapego total incluso de los vínculos familiares (cf. Lc 9, 59-60). Estas exigencias pueden parecer demasiado duras, pero en realidad expresan la novedad y la prioridad absoluta del Reino de Dios, que se hace presente en la misma persona de Jesucristo. En el fondo, se trata de esa radicalidad que nace del Amor de Dios, y a la que Jesús es el primero en obedecer. Quien renuncia a todo, incluso a sí mismo, para seguir a Jesús, entra en una nueva dimensión de la libertad, que san Pablo define como “caminar según el Espíritu” (cf. Gál 5, 16). «¡Cristo nos liberó para que seamos verdaderamente libres!» —escribe el Apóstol— y explica que esta nueva forma de libertad que Cristo nos ganó consiste en “ponernos al servicio los unos de los otros” (Gál 5, 1-13). ¡Libertad y amor coinciden! En cambio, obedecer al propio egoísmo lleva a rivalidades y conflictos. (Papa Benedicto XVI, Ángelus del 27 de junio de 2010).

Fuente: Vatican News