Si no comprendemos la gratuidad de la invitación de Dios, no comprendemos nada. La iniciativa de Dios es siempre gratuita. ¿Cuánto hay que pagar para ir a este banquete? La entrada es ser enfermo, pobre, pecador. Esa es la entrada: tener necesidad, tanto en el cuerpo como en el alma. Necesitar cuidado, sanación, amor. “¿Y yo, que soy católico, practicante, que voy a misa todos los domingos, que cumplo con mis deberes, a mí nada?” El hecho es que no comprendés la gratuidad de la salvación; pensás que es fruto de un “yo pago y vos me salvás”: pago con esto, con aquello. Pero no: la salvación es gratuita. Y si no entrás en esa lógica de la gratuidad, no vas a entender nada. La salvación es un don de Dios al que se responde con otro don: el don de mi corazón. (…) Y cuando uno pierde —no digo la capacidad de amar, porque se puede recuperar— sino la capacidad de sentirse amado, ya no hay esperanza: lo perdiste todo. Nos hace pensar en la frase escrita en la puerta del infierno de Dante: “Abandonen toda esperanza”. Lo perdiste todo. (…) Pidamos al Señor que nunca nos deje perder la capacidad de sentirnos amados. (Papa Francisco, Homilía en la Capilla de la Casa Santa Marta, 7 de noviembre de 2017).

Fuente: Vatican News