«El Verbo era la Luz verdadera que, al venir al mundo —dice el Evangelio—, ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9). Jesús nace en medio de nosotros, es Dios-con-nosotros. Viene a acompañar nuestra vida cotidiana, a compartirlo todo con nosotros, alegrías y amarguras, esperanzas e inquietudes. Viene como un niño indefenso. Nace en el frío, pobre entre los pobres. Necesitado de todo, golpea la puerta de nuestro corazón para encontrar calor y abrigo. Como los pastores de Belén, dejémonos envolver por la luz y salgamos a ver el signo que Dios nos dio. Venzamos el letargo del sueño espiritual y las falsas imágenes de la fiesta que hacen olvidar quién es el Festejado. Salgamos del tumulto que anestesia el corazón y nos lleva más a preparar adornos y regalos que a contemplar el Acontecimiento: el Hijo de Dios nacido para nosotros. Hermanos, hermanas, volvamos la mirada a Belén, donde resuena el primer llanto del Príncipe de la paz. Sí, porque Él mismo —Jesús— es nuestra paz: esa paz que el mundo no puede darse a sí mismo y que Dios Padre concedió a la humanidad enviando a su Hijo al mundo. San León Magno tiene una frase que, en su concisión latina, resume bien el mensaje de este día: «Natalis Domini, Natalis est pacis — el Natal del Señor es el Natal de la paz» (Sermón 26, 5). (Papa Francisco, Mensaje Urbi et Orbi del 25 de diciembre de 2022).

Fuente: Vatican News