Cristo pronuncia estas palabras significativas: «A los pobres siempre los tendrán con ustedes» (Jn 12, 8). Con estas palabras no quiere decir que los cambios en las estructuras sociales y económicas no valgan nada, ni que no se deban buscar caminos para eliminar la injusticia, la humillación, la miseria y el hambre. Solo quiere decir que en el hombre siempre habrá necesidades que no podrán ser atendidas sino mediante la ayuda al necesitado y haciendo que otros participen de nuestros bienes.

¿De qué ayuda se trata? ¿De qué participación? ¿Acaso solo de «limosna» entendida como dinero o ayuda material? Ciertamente, Cristo no quita la limosna de nuestro horizonte. Piensa también en la limosna material, pero la piensa a su modo. Más elocuente que cualquier explicación es, en este sentido, el ejemplo de la viuda pobre, que echaba en el tesoro del templo unas pocas monedas: desde el punto de vista material, era una ofrenda que difícilmente podía compararse con las de los demás. Sin embargo, Cristo dijo: esa viuda echó todo lo que tenía para vivir (cf. Lc 21, 3-4).

Cuenta, por tanto, sobre todo el valor interior de lo que se da: la disponibilidad para compartir todo, la prontitud para darnos a nosotros mismos. Recordemos aquí a san Pablo: «Aunque repartiera todos mis bienes en limosnas…, si no tengo caridad, de nada me sirve» (1 Cor 13, 3). También san Agustín escribe sabiamente a este propósito: «Si extendés la mano para dar, pero en el corazón no tenés misericordia, no hiciste nada; en cambio, si en el corazón tenés misericordia, aunque no tengas nada para dar con la mano, Dios acepta tu limosna». (Papa Juan Pablo II, Audiencia General del 28 de marzo de 1979).

Fuente: Vatican News