Cuando Jesús recorría los caminos de Galilea, proclamando el Reino de Dios y sanando a los enfermos, sentía compasión por las multitudes, porque estaban agobiadas y oprimidas «como ovejas sin pastor» (cf. Mt 9,35-36). Esa mirada de Jesús parece extenderse también hoy, a nuestro mundo. Hoy también observa a tantas personas oprimidas por condiciones de vida difíciles, pero también privadas de puntos de referencia válidos para encontrar sentido y propósito a sus vidas. Multitudes agotadas se encuentran en los países más pobres, asoladas por la pobreza; e incluso en los países más ricos hay muchos hombres y mujeres insatisfechos, que incluso sufren depresión. Pensemos, entonces, en las muchas personas sin hogar y refugiados, en quienes emigran arriesgando sus vidas. La mirada de Cristo se posa en todas estas personas, en efecto, en cada uno de estos hijos del Padre celestial: «Venid a mí todos vosotros…» […] El verdadero remedio para las heridas de la humanidad, ya sean materiales, como el hambre y la injusticia, o psicológicas y morales, causadas por un falso bienestar, es una regla de vida basada en el amor fraterno, que tiene su fuente en el amor de Dios. Por eso, debemos abandonar el camino de la arrogancia, de la violencia utilizada para alcanzar posiciones de poder cada vez mayores, para garantizar el éxito a cualquier precio. […] Pero sobre todo en las relaciones humanas, interpersonales y sociales, la regla del respeto y la no violencia, es decir, el poder de la verdad contra todo abuso, puede garantizar un futuro digno del hombre. (Papa Benedicto XVI, Ángelus, 3 de julio de 2011).

Fuente: Vatican News