“¿Quieres ser grande?”, preguntó San Agustín; y él respondió: “Comienza por lo más pequeño. ¿Quieres construir una estructura de gran altura? Piensa primero en el fundamento de la humildad” (S. Augustini Sermo 69, 1,2). Si realmente queremos construir el edificio de nuestra santificación, debemos basarlo en la humildad. Jesús es nuestro modelo. Él, como dice San Pablo, “siendo en forma de Dios… se despojó de sí mismo, tomando la forma de siervo… se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2, 6-8). ¿Cómo no sentir, cómo no ser pequeños y humildes ante el misterio de la encarnación y la redención, ante el Hijo de Dios que gime en Belén, que se envuelve en silencio en Nazaret, que vive la vida de pobreza, que muere en una cruz desnuda? Jesús es el primero, el verdaderamente humilde, el único que verdaderamente glorificó a Dios —de hecho, Dios es «glorificado por los humildes», nos dice el Eclesiástico (Ecl. 3,20)— porque se humilló a lo largo de su existencia, manifestando victoriosamente su poder como Señor, y fue lo que él mismo definió como: «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). (San Juan Pablo II – Misa en Anagni, 31 de agosto de 1986).

Fuente: Vatican News