La santidad de Dios es una fuerza en expansión, y nosotros suplicamos para que rompa pronto las barreras de nuestro mundo. Cuando Jesús comienza a predicar, el primero en pagar las consecuencias de esto es justamente el mal que aflige al mundo. Los espíritus malignos gritan: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a arruinarnos? Sé quién eres: el Santo de Dios» (Mc 1, 24). Nunca se había visto una santidad así: no preocupada de sí misma, sino inclinada hacia afuera. Una santidad —la de Jesús— que se expande en círculos concéntricos, como cuando se arroja una piedra en un lago. El mal tiene los días contados —el mal no es eterno—, el mal no puede dañarnos: ha llegado el hombre fuerte que toma posesión de su casa (cf. Mc 3, 23-27). Y este hombre fuerte es Jesús, que también nos da a nosotros la fuerza para tomar posesión de nuestra casa interior. La oración aleja todo temor. El Padre nos ama, el Hijo levanta los brazos sosteniéndolos junto a los nuestros, el Espíritu actúa en secreto en la redención del mundo. ¿Y nosotros? No vacilemos en la incertidumbre. Tengamos una gran certeza: Dios me ama; ¡Jesús entregó la vida por mí! El Espíritu está dentro de mí. Esta es la gran verdad. ¿Y el mal? Tiene miedo. Y eso es bueno. (Papa Francisco, Audiencia General del 27 de febrero de 2019).
Fuente: Vatican News
septiembre 2, 2025 a las 6:21 am
amen amen
septiembre 2, 2025 a las 12:35 pm
amén 🙏
septiembre 4, 2025 a las 8:44 pm
Muchas gracias, que así sea en nombre del Padre!