Hoy la Iglesia celebra la fiesta de todos los Santos. […] Hombres y mujeres que la historia de los “grandes” muchas veces ignoró, porque la perla preciosa de su testimonio estaba cubierta por el velo de la humildad y del silencio. Hombres y mujeres que bebieron de la inagotable plenitud de Aquel que es el único Santo, y llevaron un fragmento de esa santidad a la vida, ofreciéndole su propio rostro concreto para que Él pudiera encarnarse en él, como en un símbolo viviente.

[…] Cada uno de ellos es una pequeña pero única luz. Vivieron plenamente su vocación de ser ellos mismos, según la maravillosa originalidad que el Creador había puesto en su interior. Ahora, misteriosamente unidos al coro de miríadas de hermanos y hermanas, iluminan el paisaje a veces oscuro de este mundo y lo invitan a la esperanza, a la confianza; dando testimonio de que la santidad de Dios nunca falla, nunca deja de comunicarse, de unirse a sí misma con hombres y mujeres sencillos, ricos solo en su disponibilidad desarmada, en su abandono humilde y transparente. (San Juan Pablo II, Ángelus, 1 de noviembre de 1986).

Fuente: Vatican News