«La esperanza no defrauda» (Rom 5,5), nos dijo san Pablo. La esperanza nos atrae y da sentido a nuestra vida. No veo el más allá, pero la esperanza es el don de Dios que nos impulsa hacia la vida, hacia la alegría eterna. La esperanza es un ancla que tenemos del otro lado, y nosotros, aferrados a la cuerda, nos sostenemos (cf. Heb 6,18-19). “Sé que mi Redentor vive, y lo veré”. Repitámoslo en los momentos de alegría y en los de dificultad, en los tiempos de muerte: digámoslo siempre.
Esta certeza es un don de Dios, porque nunca podemos tener esperanza solo con nuestras fuerzas. Tenemos que pedirla. La esperanza es un regalo gratuito, que nunca merecemos: se nos da, se nos ofrece. Es gracia.
Y el Señor mismo confirma esta esperanza que no defrauda: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí» (Jn 6,37). Este es el objetivo de la esperanza: ir hacia Jesús. Y continúa: «Al que viene a mí, no lo echaré fuera. Porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn 6,37-38). El Señor nos espera allí, donde está el ancla. Vivir en la esperanza es vivir así: con la cuerda en la mano, firmes, sabiendo que el ancla está bien sujeta. Y esa ancla no defrauda; no falla.
Hoy, al recordar a tantos hermanos y hermanas que ya partieron, nos hace bien mirar los cementerios y mirar también hacia el cielo, y repetir con Job: «Sé que mi Redentor vive, y yo mismo lo veré; mis ojos lo contemplarán, y no otro». Esa es la fuerza que nos da la esperanza: ese don gratuito que es la virtud de la esperanza. Que el Señor la conceda a todos nosotros. (Papa Francisco, Homilía, Colegio Pontificio Teutónico Santa María in Camposanto, 2 de noviembre de 2020).
Fuente: Vatican News
noviembre 2, 2025 a las 5:17 am
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noviembre 2, 2025 a las 5:46 am
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noviembre 2, 2025 a las 2:52 pm
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