«Él acoge a los pecadores y come con ellos» (v. 2). En realidad, esta frase resulta ser un anuncio maravilloso: Jesús acoge a los pecadores y come con ellos. Y eso es justamente lo que ocurre en cada Misa, en cada iglesia: Jesús se alegra de recibirnos en su mesa, donde se ofrece por nosotros. Esa es la frase que podríamos escribir en las puertas de nuestras iglesias: «Aquí Jesús acoge a los pecadores y los invita a su mesa». (…) En la primera parábola, Él dice: «¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió hasta encontrarla?» (v. 4). ¿Quién de ustedes haría eso? Una persona sensata no lo haría: haría cuentas y sacrificaría una para conservar las noventa y nueve. Dios, en cambio, no se resigna: se preocupa por vos, justamente por vos que todavía no conocés la belleza de su amor; por vos, que aún no pusiste a Jesús en el centro de tu vida; por vos, que no podés vencer tu pecado; por vos, que quizá todavía no creés en el amor a causa de las cosas malas que te pasaron en la vida. En la segunda parábola, vos sos esa pequeña moneda que el Señor no se resigna a perder y busca incansablemente. Él quiere decirte que sos precioso a sus ojos, que sos único. Nadie puede reemplazarte en el corazón de Dios. Tenés un lugar: sos vos, y nadie puede ocuparlo. Y yo también: nadie puede reemplazarme en el corazón de Dios. (Papa Francisco, Ángelus, 15 de septiembre de 2019).

Fuente: Vatican News