Al día siguiente de la solemnidad de Navidad celebramos la fiesta de san Esteban, diácono y primer mártir. A primera vista, la cercanía del recuerdo del «Protomártir» al nacimiento del Redentor puede causarnos asombro, porque resulta conmovedor el contraste entre la paz y la alegría de Belén y el drama de Esteban en Jerusalén, en la primera persecución contra la Iglesia naciente. (…) San Esteban fue el primero que siguió los pasos de Cristo con el martirio; murió, como el divino Maestro, perdonando y rezando por sus verdugos (cf. Hch 7, 60). En los primeros cuatro siglos del cristianismo, todos los santos venerados por la Iglesia eran mártires. Se trata de una multitud innumerable, que la liturgia llama «el cándido ejército de los mártires», martyrum candidatus exercitus. Su muerte no infundía miedo ni tristeza, sino un entusiasmo espiritual que siempre suscitaba nuevos cristianos. Para los creyentes, el día de la muerte, y más aún el día del martirio, no es el fin de todo, sino el «pasaje» a la vida inmortal: es el día del nacimiento definitivo, en latín dies natalis. Se comprende entonces el vínculo que existe entre el dies natalis de Cristo y el dies natalis de san Esteban. Si Jesús no hubiera nacido en la tierra, los hombres no habrían podido nacer en el Cielo. Precisamente porque Cristo nació, nosotros podemos «renacer». (Papa Benedicto XVI, Ángelus del 26 de diciembre de 2006).

Fuente: Vatican News