Al nacer en Belén de María Virgen como hombre, Dios-Verbo acepta el tiempo. Entra en la historia. Se somete a la ley del fluir humano. Cierra el pasado: con Él llega a su fin el tiempo de la espera, es decir, la Antigua Alianza. Abre el futuro: la Nueva Alianza de la gracia y de la reconciliación con Dios. Es el nuevo «Comienzo» del Tiempo Nuevo. Cada nuevo año participa de este Comienzo. Es el Año del Señor. (…) Hoy la Iglesia venera de manera especial la Maternidad de María. Esta es como el último mensaje de la octava de la Navidad del Señor. El nacimiento habla siempre de la Madre, de Aquella que da al hombre al mundo. El primer día del Año Nuevo es el día de la Madre. La vemos, por lo tanto —como en tantas pinturas y esculturas—, con el Niño en brazos, con el Niño en su regazo. Madre, Aquella que engendró y alimentó al Hijo de Dios. Madre de Cristo. No hay imagen más conocida ni que hable de modo más sencillo del misterio del nacimiento del Señor que la imagen de la Madre con Jesús en brazos. ¿No es acaso esta imagen la fuente de nuestra singular confianza? ¿No es precisamente ella la que nos permite vivir dentro del conjunto de todos los misterios de nuestra fe y, contemplándolos como «divinos», considerarlos al mismo tiempo como «humanos»? (Papa Juan Pablo II, Homilía en la Misa del 1.º de enero de 1979).

Fuente: Vatican News