Eligiendo estas dos Palabras, dirigidas por Dios a su pueblo, y uniéndolas, Jesús enseñó de una vez para siempre que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables, es más, que se sustentan mutuamente. Aunque se presenten en secuencia, son dos caras de una misma moneda: vividas juntas, son la verdadera fuerza del creyente. Amar a Dios significa vivir de Él y para Él, por lo que Él es y por lo que hace. Y nuestro Dios es donación incondicional, es perdón ilimitado, es una relación que promueve y hace crecer. Por eso, amar a Dios quiere decir invertir todos los días nuestras propias energías para ser sus colaboradores, sirviendo de manera incondicional a nuestro prójimo, procurando perdonar de forma ilimitada y cultivando relaciones de comunión y fraternidad. El evangelista Marcos no se preocupa por especificar quién es el prójimo, porque el prójimo es la persona que encuentro en el camino, en mis días. No se trata de preseleccionar a mi prójimo: eso no es cristiano. Pensar que mi prójimo es aquel que yo he preseleccionado: no, eso no es cristiano, es pagano; sino de tener ojos para verlo y corazón para desear su bien. Si nos ejercitamos para ver con la mirada de Jesús, siempre estaremos atentos y al lado de los necesitados. (Ángelus del 4 de noviembre de 2018).

Fuente: Vatican News